Es probable que la mayoría de nosotros haya escuchado ya las palabras de la joven Malala Yousafzai. Para los que no, o los que no sepan su historia, procedo a resumir unos acontecimientos que no dejarán indiferente a nadie.

Malala es una joven paquistaní de la generación del 97, al igual que un servidor (lo del 97, no lo de Pakistán) ferviente defensora de los derechos indiscutibles de los niños y las mujeres. Defendió tales derechos negados en demasiadas partes del mundo, una de ellas en su tierra natal, Mingora (al norte de Pakistán) donde las organizaciones Talibán de origen pakistaní prohibieron la educación a las niñas durante un largo período de tiempo. En 2012, un miliciano Talibán subió a su autobús escolar y disparó a la joven repetidamente en el cuello y la cabeza. Pero ella sobrevivió, y decidió, a pesar de las amenazas de muerte y sus graves heridas seguir luchando contra un sistema injusto extendido mas allá de las fronteras. Un sistema que bajo la amenaza violenta de la tortura y la muerte obliga a miles de niñas a prescindir de una educación digna, a mantener bajo llave sus opiniones y pensamientos para asumir una vida monótona extremadamente religiosa bajo las ordenes del hombre. La prensa no tardó en hacerse notar en la vida de Malala, y el mundo entero, se emocionó hasta tal punto, que la joven se ha convertido en un símbolo mundial de la lucha por los derechos infantiles y de las mujeres.
Ha sido ganadora de numerosos, indiscutibles y merecidos premios internacionales como el Premio de la Paz Internacional en Gran Bretaña, el Premio Internacional Infantil de Holanda, el Premio UNICEF en España, el Premio Internacional de Cataluña hasta finalmente,  ha sido la persona más joven en ganar el Premio Nobel de la Paz.
En su lucha, Malala ha conmovido al mundo entero como la portavoz de todas aquellas voces que no pueden ser oídas (en sus palabras textuales) defendiendo a muerte, que la educación es necesaria para todos los niños, sean ricos, pobres o hijos de Talibán, ya que otra vez textualmente: Un niño, un profesor, un lápiz y un libro pueden cambiar el mundo. 
 
Ahora llega la parte en que expreso mi opinión personal. Es indiscutible el logro de la muchacha, ya que literalmente ha luchado con su propia sangre en una de las misiones más complicadas: cambiar el mundo. Pero quiero hacer una serie de preguntas: Malala, ¿si hubiese sido francesa, alemana, americana o británica hubiera tenido la misma atención? Claro que no, el motivo principal: En Francia, Alemania, EE.UU o en el Reino Unido no hay talibanes que te puedan disparar en la cabeza. ¿Si hubiese sido una persona más adulta el sujeto de la cuestión, la reacción hubiera sido la misma? Puede que la opinión pública se hubiese interesado en tal persona, pero no del mismo modo, porque una cosa es indiscutible,  la gente es más susceptible a una chica de 17 años a una activista de más edad. Es duro pero cierto. Yo no quiero centrar esta entrada en los logros y en el duro esfuerzo de tal muchacha (que deben ser, y ya han sido reconocidos) sino en otro punto de vista.
Tiene que haber un gran nivel de incompetencia en las instituciones internacionales con la función de ‘mejorar el mundo’ si tenemos que ver cómo una joven pakistaní de 17 años sube al estrado de Naciones Unidas a pedir ayuda urgentemente. Cuando una adolescente es quien lucha por los derechos negados de las personas, sobretodo de las mas jóvenes es que las cosas van realmente mal, y que hay un trabajo mal hecho tras las cortinas. La gente ha hecho bien en escuchar a Malala, ha hecho bien de reconocerla por lo que es, una luchadora. Pero el esfuerzo de Malala es un esfuerzo que deben desempeñar, en teoría, organizaciones con la misión incondicional de frenar los abusos contra las personas que no pueden luchar por si solas. Es cierto que no hay nadie mejor para reivindicar el derecho a la educación para todos aquellos niños desamparados de países que no sabemos nombrar, que una adolescente que ha sufrido toda su vida hasta rozar la muerte en tal cuestión. Pero cuando veo a esta chica, a la que no le importa sufrir para lograr un bien mayor, no sólo siento lástima por ella, sino orgullo y motivación en mis objetivos y misiones. No obstante pienso: ¿Hasta dónde hay que llegar?
Concluyo diciendo, que Malala ha llegado tan lejos por diferentes factores: Su historia (la historia de nuestra defensora ha impulsado en parte, el rumbo de su viaje. Que te disparen los Talibanes mientras vas en una autobús escolar no deja indiferente a nadie). Su procedencia también es su factor importante, como he dicho antes, es más relevante una activista paquistaní que un activista francés (porque el segundo no tiene la necesidad de luchar demasiado para conseguir lo que quiera). Pero lo más importante, la edad: 17 años, una adolescente que renuncia a su ‘juventud’ para centrar-se en una difícil lucha (también hay que decir, que en tales países no hay mucho en que disfrutar en tal edad). No sólo hay que tener en cuenta la susceptibilidad de la gente explicada previamente ante la joven edad de Malala, hay que tener en cuenta que en tal edad, las personas tienen una energía y una cabezonería digna de admirar, es por eso quizás, que si colocamos a la señorita Yousafzai al mando de una institución como es el de Naciones Unidas las cosas cambiarían radicalmente (ejemplo hipotético y absurdo). Por este motivo, es la sangre joven la que mueve el mundo hacia un lugar mejor, es el deber de la adulta, proteger tal juventud, para asegurar un futuro mejor.
-Jaume Sendra

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