Y volví a cruzar de nuevo La puerta de la Psicodelia.
Aquél día nos dedicamos a reorganizar y limpiar la primera parte del tiempo que pasamos allí.
Nos llevó un ratillo. Hay que reconocer que el bajista pese a haber llegado justamente de la Universidad, se marcó casi todo el curro junto a uno de nosotros, que también debo reconocer que no era yo, aunque de hecho, yo también ayudé.
Después de colocarnos el teclado y el amplificador del bajo donde tocaba, empezaron la Jam.
Al poco, apareció un colega más, que resultó ser el amo tocando ritmos brasileños en la guitarra acústica.
Por supuesto, el resto le siguió el rollo con la batería y el teclado, y este último, pese a estar con el pié más inflado que una pata de elefante ahí estaba, sin moverse mucho, pero con un par de huevos bien grandes.
Más adelante, cuando ya llevábamos un par de horitas por allí, apareció alguien cuyo pelo parecen raíces y nos explicó algunas cosas de su huerto urbano.
Mientras, los demás empezaron a tocar su single mientras el bajo nos dejaba flipando marcándose una línea que parecía salida directamente de una entripada.
Cuando este se marchó, el colega de la acústica y el vocalista se marcaron una buena conversación instrumental. Sin batería y sin bajo.
El teclista, por supuesto nos demostró una vez más que en lo suyo es muy bueno.
Más adelante cenamos unos Suvlakis y tanto el vocalista como el batería se pusieron a tocar un tema suyo que se situaba justo en la frontera del reggae con sus guitarras. Alucinante.
Y el bajista fuera de combate apoyado en el hombro del vocalista.
Llegarán lejos seguro.
Y no, no grabamos nada esta vez. Me quedé con las ganas, pero ya habrá más ocasiones.