Ya es año nuevo. Los medios de comunicación ya emiten los programas más vistos, se publican y rememoran las noticias que más trascendencia han cobrado en todo el 2016. Un recordatorio de pocos minutos que intentan luchar contra el olvido masivo sobre ‘lo que ha pasado ahí fuera’ a causa de la sobrecarga informativa.
Un nuevo presidente en los Estados Unidos, el tratado de la EU con Turquía para la ‘gestión’ de refugiados, los Juegos Olímpicos en Río, el Intento de golpe de Estado en Turquía y la incesante presencia de atentados en todo el globo han dado a este terminal 2016 unas características únicas y merecedoras de un análisis y sobretodo de una reflexión.
Un año de náufragos
2016 ha sido un año catastrófico en lo que representa a las emigraciones masivas hacia Europa. Desde países como Afganistán hasta Somalia, cientos de miles de personas han intentado cruzar el Mediterráneo para llegar a puerto seguro. Según datos de Naciones Unidas, 5.000 personas han muerto o siguen desaparecidas en todo 2016.
Uno de los incidentes más graves relacionados con los continuos naufragios padecidos en el mar, se produjo por la madrugada del 9 de Abril. 500 personas perecerían tras partir con un barco desde las costas de Egipto. Nadie abriría jamás una investigación. Ningún gobierno europeo o africano enviaría ayuda inmediata. El rescate de los supervivientes se produciría una semana después del hundimiento.
Un reportaje realizado por la agencia británica de noticias Reuters, colaborando con la BBC, mostró el 6 de diciembre la compleja red de traficantes que operan en el norte de África, no solamente aprovechando los conflictos de Siria o Irak, sino también las frecuentes emigraciones de todo el continente africano.
El extenso trabajo periodístico calculó que entre los inmigrantes presentes en el bote, 150 procedían de Etiopía, 80 eran egipcios y otros 85 procedían de Sudan, Siria u otros países. Solamente sobrevivieron 37 personas.
https://www.youtube.com/watch?v=tjvDvbcOra8Uno de los peores atentados tras el 11 de Setiembre, eclipsado por el dolor europeo
Unas semanas antes del fatídico atentado de Niza, en el cual murieron 84 personas, en Bagdad se realizó el peor atentado del país y uno de los peores cometidos tras el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York.
300 personas murieron en un centro comercial de un frecuentado barrio chií durante los preparativos para celebrar el Ramadán. Una festividad que se vivió con una multitud de atentados no solamente en Irak (por represalia a las ofensivas iniciadas en la localidad de Fallujah), sino también en Arabia Saudí.
El ataque, llenó escasamente 2 planas de los principales periódicos como La Vanguardia o ElPeriódico de Catalunya durante 2 días. El ataque de Niza se cubrió durante más de 10 días, empleando entre 5 y 10 páginas diarias y con los consiguientes especialistas y estudios antropológicos y sociales para analizar el origen del yihadismo y la radicalización en Europa.
https://www.youtube.com/watch?v=VB2Lg1B5A2YAjenos al ojo mediático: Yemen y Afganistán
Siempre hay conflictos olvidados en la agenda mediática global. Olvidados por la falta de recursos o por meros intereses de las agendas políticas de las grandes corporaciones de la información occidental. Los conflictos africanos son una eterna muestra de ello.
Pero en 2016, el conflicto de Afganistán (iniciado en 2001) y el de Yemen (guerras intermitentes desde el año 2000) han brillado por su ausencia en las portadas de los periódicos o en las pantallas.
En el caso afgano, el conflicto ha vivido un auge de los grupos talibanes que, aprovechando la retirada de las fuerzas de la OTAN, se han adueñado de grandes extensiones regionales por todo el país. En estos últimos meses, el talibán ha reforzado sus posiciones en la sureña provincia de Helmand y ha iniciado ofensivas en la norteña Kúnduz, provocando combates que acabarían con la vida de civiles por los bombardeos de la USAF (Fuerza Aérea Estadounidense).
El auge de los talibanes se ha visto determinado por la escasa capacidad de lucha de las fuerzas armadas afganas, provocando así un grave problema de responsabilidad en la Casa Blanca, donde se ha obviado totalmente el conflicto durante las elecciones. Según un reportaje publicado en el New York Times el 19 de diciembre por Mujib Mashal, el ejército afgano vive una sobredosis de generales al ser éste mismo un cargo hereditario o un premio concedido por el propio gobierno.
Yemen es el país más pobre de Oriente Medio. Con un índice de desarrollo humano similar a la de un país de África subsahariana, el estado yemení ha estado en disputas internas durante más de 3 décadas y ha vivido múltiples guerras civiles desde principios de siglo. Con las infraestructuras destruidas, la población civil dividida y hambrienta, una economía inexistente y un bloqueo aéreo y naval por parte de Arabia Saudí (así como los constantes bombardeos con bombas de racimo) la entrega de ayuda humanitaria es imposible.
Con todos estos factores, según los datos de Amnistía Internacional, más del 83% de la población se encuentra en una grave situación de hambrunas. Aun así, el conflicto solamente ha sido noticia durante varios ataques terroristas y bombardeos esporádicos que provocaron la muerte de entre 40 y 100 personas (en sus respectivos casos). Ante tales cifras, la inexistente cobertura mediática sobre la gran crisis humanitaria de Yemen podría catalogarse como una de las mayores irresponsabilidades periodísticas en el ámbito de las coberturas internacionales.
[caption id="attachment_4357" align="aligncenter" width="529"] REUTERS[/caption] Los crímenes cometidos en Filipinas bajo el poder de Duterte y la opresión contra la etnia Rohinyá en Birmania también han sido noticia en segundo plano durante todo este año. Los hombres de hierro, resultado de una sociedad cansada LePen asoma en Francia, Polonia y Hungría ya tienen gobiernos basados en la extrema derecha. En Estados Unidos Donald Trump puede desbaratar todos los esquemas geoestratégicos y políticos con nuevas relaciones con Vladmir Putin. En Turquía, el presidente Erdogan ha aprovechado el intento de golpe de estado para fortalecer su administración y restringir la libertad de opinión, prensa y asociación.¿Cómo se puede explicar el éxito de estos movimientos en las urnas? La respuesta es muy fácil. Grandes índices de la población ya no creen en aquel proyecto vendido como la maravillosa globalización. Los partidos llamados progresistas han perdido toda la credibilidad al ser absorbidos por el ‘establishment’ y tal como hemos leído ya en tantos y tantos artículos, la extrema derecha ha sabido convencer al público con promesas de aquellas políticas sociales olvidadas y aquel viejo sentimiento de seguridad que perdimos hace tiempo.
El valor del (buen) periodista
Hoy en día la prensa basa su política de información en coberturas extremadamente pesimistas por el constante bombardeo de noticias negativas. Guerras, hambrunas, violaciones de los derechos humanos, atentados terroristas dentro y fuera de nuestras fronteras…
Este bombardeo de noticias negativas provoca, quizás, una visión extremadamente negativa de nuestro mundo y por consiguiente, una deshumanización de conflictos explicados únicamente mediante cifras y vídeos de tiroteos y muertes.
En estos tiempos difíciles (pero no más que los anteriores) el cínico maldice a Kapuscinsky.
¿Vale el periodismo la pena? Muchos creen que solamente hay historias sobre movimientos y presidentes xenófobos alcanzando el poder y creando una realidad distópica. O de refugiados atrapados en alambradas. Lo que no saben algunos, es que incluso se pueden encontrar sonrisas ahí fuera.
El periodismo, a pesar de lo que digan los pesimistas, es el oficio más grande en esta tierra. Porque lo que no saben algunos es que en estos tiempos tumultuosos, el salir a la calle, al ver la realidad, lo que un reportero se puede encontrar, son historias. Malas. Buenas. Horribles. Maravillosas. Historias. Emociones. Sentimientos. Humanidad. Cuando uno ve a los indigentes comer en los comedores sociales, a las ancianas solitarias compartir comida con drogadictos y esquizofrénicos, lo ve como si de una película dramática se tratara. Como si fuera una realidad alterativa vista desde la pantalla del entretenimiento. Pero cuando uno pasa esta ‘verdad’ a la ‘realidad’ de la pantalla, se da cuenta del honor que tiene siendo periodista. El honor de vivir estas vidas. El honor de entenderlas. El honor de contarlas. El honor de saber que jamás, jamás, jamás se podría comprender otro tipo de vida o existencia. El honor de saber que el oficio (mejor dicho, concepto de vida) que uno tiene es el más compartido (por ser parte de algo llamado humanidad), pero a la vez el oficio más solitario.
Porque aparte los compañeros periodistas, más allá de lo que el reportero haya escrito, nadie va a ser capaz de comprender lo que ha pasado, lo que ha aprendido, lo que ha crecido. Para algunos el oficio se ha reducido a contabilizar cifras de audiencia Para otros: Vidas por las que luchar a través de las palabras (u otros contenidos multimedia, para no olvidar a la importancia del ciberperiodismo). Salir a la calle, y encontrarse con la verdad, cara a cara. Nada más que con la verdad. No importan las ideologías políticas. No importan las ideas prefabricadas mediante una gran industria cultural que nos hace percibir el mundo como un planeta perfecto (o quizás, como demasiado imperfecto). Unas ideas las cuales creemos prioritarias a la hora de intentar organizar ‘nuestra sociedad perfecta.’
Todo mientras olvidamos lo más importante. Aprender. Crecer. Experimentar. Soñar. Llorar mientras escribes las palabras de una realidad que es imposible describir. Llenarse de humanidad. Una humanidad, que hace que te infles como un globo, y salgas volando hacia la estratosfera. Ése es mi periodismo. El periodismo de los necesitados. El periodismo de aquella era que todos creían perdida. El periodismo de aquellos tiempos que todos dictaban como de apocalípticos. El periodismo de los reporteros despedidos. De los que, teniendo que alimentar a toda una familia, siguieron en pie de guerra para ser fieles a sus valores, ser fieles a sí mismos incluso corriendo el peligro de terminar en la calle (y en otros países, terminar en la cárcel, o algo peor). El periodismo de las guerras donde nadie gana nada, pero todos lo pierden todo. El periodismo de los derechos humanos olvidados en piscinas repletas de ‘trendings topics’ y ‘cara-anchoas’. El periodismo desde las trincheras quemadas, el periodismo carbonizado por las multas y sanciones de gobiernos intransigentes con la verdad o la libre opinión. El periodismo de los que necesitan hacer periodismo para sobrevivir, para ser ellos mismos. Simplemente, periodismo. Incluso cuando todas las encuestas apuestan en nuestra contra.
Por un 2017 repleto de ética, vocación y de historias.