Hoy estaba lloviendo en Torredembarra. Tarragona. Al más puro estilo de los funerales americanos. Mi padre me dijo que ayer cuando él dejó de sufrir ya estaba nublado. El universo es consciente de que ha perdido a un gran ser. Él vivía lejos de casa, y había que comerse casi dos horas en tren para visitarle, pero siempre merecía la pena. Siempre estaba allí para nosotros. Recuerdo hace dos años, cuando llegó Jaume (mi primo, redactor de La Zona Libre) de la acampada jove y se presentó en su casa de sorpresa, sucio, lleno de polvo y agotado. Se lo encontró en un banco de la calle, con algunos amigos suyos y como no podía ser de otra forma, se sorprendió, pero no tardó apenas un segundo en decirle que tenía las puertas abiertas de su casa siempre que lo necesitara. Y por no hablar de la larga semana que nos tirábamos en su casa casi cada verano como tradición, en la que aprovechábamos para jugar a juegos de miedo con mi ordenador por la noche. Mi primo y yo nos poníamos nerviosos y acabábamos soltando algún grito y él nos picaba en la pared dándonos a entender que le habíamos despertado. Entonces nosotros cerrábamos el ordenador y nos poníamos a dormir. Recuerdo también el día en el que fuimos a comer a un restaurante. Ese día cambió mi vida al contarnos cómo cuando él era pequeño, una noche no pudieron cenar más que una naranja, repartida entre todos los hermanos que eran, porque no tenían nada más que comer, mientras su madre se iba a la cama con hambre y su padre se pudría en prisión por el simple hecho de ser comunista. Entonces, mi madre le paró para evitar que se emocionara recordando y tuvo la idea de grabarle explicando su vida. Gracias a ello, me compraron mi primera cámara, una nikon D3200. Recuerdo también las primeras grabaciones en las que intentaba explicar las cosas de la forma más ordenada que podía, pero dando tumbos adelante y atrás en el tiempo, con las respectivas interrupciones de mi abuela, su mujer, que no quería salir en cámara porque dice que es muy mayor y muy fea para eso. Es preciosa. No os quepa duda. Por muchos 88 años que tenga y por muy arrugada que esté, es preciosa. Recuerdo cómo me preguntaba cómo iba el tema del documental y yo le daba largas porque creí de forma estúpida que ello le daba la vida (en parte) y le ayudaba a resistir un poco más. Recuerdo la primera vez que le mandaron al hospital y le detectaron el cáncer que a tanta gente se lleva, y cómo lo superó como un campeón. Pero le dejó tocado, y nos dábamos cuenta. Poco después de salir del hospital corrí a Torredembarra a grabar algunas tomas de él caminando por el pueblo, porque temía que se acercara lo peor. Al contrario de lo que pensaba, y habiendo él superado el primer cáncer, nos dimos un largo paseo en calma hasta la playa. Y él, fresco como si no tuviese la edad que tenía. Incluso insistió en volver a su casa andando. Pensé que viviría para siempre. No podía ser de otra forma, después de aquél paseo apenas una semana después de que le dijeran que estaba “limpio”. Quién me iba a decir que sería de los últimos paseos que daríamos juntos. Unos pocos meses más tarde de aquello, hace muy poco tiempo, llamó mi madre, diciendo que estaba en el hospital otra vez y que tenía muy mala pinta. Nos dijo que tenía metástasis y que el cáncer que había superado, había vuelto. Cuando fuimos a verle, estaba bien, lúcido pero muy débil. Apenas podía levantarse de la cama. Aproveché para llevarle lo que tenía de documental dado que pensé que probablemente sería la última vez que le vería, y le intenté hacer ver lo que pretendía que fuese después de acabado. Ver los ojos de ilusión que puso no tiene precio. Los recordaré siempre. Me dijo que todavía quedaba por contar, que lo haría cuando estuviera mejor, pero yo sabía que eso no iba a ocurrir. La siguiente vez que le vi, ya estaba en su casa, postrado en su cama, débil y hecho polvo, pero seguía lúcido como él solo. Me dijo que se sorprendió de mi madurez a la hora de hablar de política, que estaba orgulloso de mí, que me veía como un hombre. Poco después llegaron los médicos para decirle que ya no podían hacer nada por él. Cuando me tuve que marchar y fui a despedirme, sabiendo que sería la última vez que le vi en vida, me agarró con fuerza, y en medio de un abrazo que intenté que fuese eterno, me pidió que cuidara de mi madre, su hija. Al día siguiente llamaron a mi madre, dijeron que si queríamos verle debíamos bajar a su casa cuanto antes. Mi padre corrió a buscarnos a mi hermano y a mi. Volamos hasta allí como no está escrito. Estaba mucho peor que el día anterior. Apenas pudimos cruzar cuatro palabras, apenas se le entendía. Le costaba mucho respirar. Esta vez a la hora del adiós agarró a mi hermano con una fuerza que ya no tenía y le mantuvo cerca unos cuantos minutos que siempre en estas ocasiones se quedan cortos. Ayer al mediodía me llamó mi padre para decirme que había dejado de sufrir mientras dormía, rodeado de sus hijas y con su mujer, la cual le había acompañado en su camino durante unos 60 años, a su lado. Esta misma tarde hemos hecho la ceremonia y creo que ha quedado más que claro que le queremos con locura, y que a partir de ahora, siempre vamos a intentar estar a su nivel, que es realmente difícil de superar, porque lo que nos dio en vida es incalculable. Faltan palabras para definir lo que significó para cada uno de nosotros, sus familiares, y lo que sentimos ahora que sabemos que no le volveremos a ver. 1015 palabras se quedan cortas. Será ley de vida, pero no es justo, y todos lo sabemos.
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